Un mito que cumple 50 años: la piña que dejó groggy a Monzón y paralizó al Luna Park

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El día que Bennie Briscoe casi noquea a Carlos Monzón

Lo recuerdo con la fidelidad del recién; como si la pelea se hubiese realizado anoche y no hace medio siglo…

Fue un crepúsculo singular en la canícula porteña. Transcurría el sábado 11 de noviembre de 1972 y el Luna Park volvería a ser escenario de un hecho que el tiempo convertiría en leyenda: el derechazo en cross que Bennie Briscoe le acertó a Carlos Monzón en plena mandíbula. Aquel histórico hecho no se recuerda por la acción pugilística en sí, propia de una pelea en la cual estaba en juego el cinturón de campeón mundial. No, para nada… Lo que sobrevivió de aquel atardecer –la pelea se realizó a las 18.30 para que llegara a Europa a las 22.30– fue ver por primera y única vez a Carlos sentido, vacilante, groggy y a punto de caer a la lona hasta el KO.

Estamos recordando al Monzón virginal, al que llevaba dos años de campeón mundial –en estas horas se están cumpliendo 52 años del KO a Benvenuti–, al esposo de Pelusa García, al papa de Silvia y Abel –Raulito no era conocido aún–, al pibe marginal de San Javier, al campeón pobre que construyó su propia casa trabajando de albañil, al de las reuniones con amigos de Santa Fe, al dueño de un Torino Comahue amarillo que conducía con orgullo, al inseparable compañero de Daniel González y Norberto Rufino Cabrera –que nos dejó hace unos días con 70 años–, al propietario de un departamento –el primero de 35 posteriores– en Díaz Vélez y Gascón, al paciente del doctor Cacho Paladino que requería de una infiltración previa a las peleas con Novocaína entre sus dedos por el raquitismo de la niñez, al protegido de Tito Lectoure, al peleador frío, especulador e intuitivo que con paciencia acechaba a sus rivales hasta destruirlos, al campeón indestructible…

Ese era el Monzón de aquella tarde, el discípulo-hijo de Amílcar Brusa, el fana de Colón quien por primera vez en su vida se había hospedado en el Sheraton –invitado por su sponsor– dándose un lujo insospechado: pedirle al conserje los diarios y ver su foto en la tapa de Clarín, de Crónica y un anuncio en La Nación: “Monzón expondrá esta tarde su corona mundial en el Luna Park frente a Bennie Briscoe”. Qué época tan feliz aquella del primer Monzón lejos del jet set, del cine, de la nocturnidad porteña, de los nuevos amigos, de la prensa del corazón, del champagne burbujeante, de esas inalcanzables caras bonitas de los teatros de revistas, de la fama en Europa donde se relacionaría con tantas celebridades que abarcarían desde Alain Delon hasta la princesa Carolina de Mónaco…

Carlos Monzón años más tarde, en 1976, junto con Susana Giménez en Francia (Foto: Laurent MAOUS/Gamma-Rapho via Getty Images)

No sólo es milagroso que lo recuerde. También ocurre que hoy, al releer la nota que escribí para El Gráfico esa misma noche –y de la cual tomaré algunos elementos– evoco el significante épico de acontecimientos como ése y que ejemplifican la cultura popular de la época. De hecho se paralizaba el país; era la noticia excluyente, lo demás importaba menos. Por ejemplo, esa pelea la cubrieron 400 periodistas de toda la Argentina y y también cuanto menos 12 enviados especiales provenientes de países extranjeros de enorme prestigio como Pocho Rospigliosi, número uno de Perú; Ignacio Matus, de “Esto” número uno de México; Don Majewski, de “Boxing Illustrated” (2.500.000 ejemplares de tirada en USA en aquellos años); Jimmy Ussher, de “Life”; Paolo Rossi, el relator más popular de la “RAI” de Italia, y obviamente también llegaron colegas desde Uruguay, Colombia y Chile. Se trataba de un acontecimiento de singular importancia que a su vez fue visto por millones de televidentes de nuestro país y también espectadores de canales abiertos de los Estados Unidos, Canadá, Puerto Rico, Italia, Francia, Holanda, Austria, Bélgica, Dinamarca y Noruega.

Mi crónica de entonces comenzaba así: “Nadie podrá olvidar aquel momento. Fue como si una gigantesca aguja hubiese atravesado el corazón de todos hasta paralizarlo. Un relámpago del drama, un instante de pánico, un momento de suspenso. Primero fue ver el golpe de derecha a la mandíbula, después darse cuenta de que Monzón quedaba con las piernas endurecidas y la mirada vacía. El cuerpo quiso salir hacia adelante y la conmoción lo obligó a buscar desesperadamente las cuerdas detrás suyo. Era tal su endeblez que su cuerpo inerte lo detuvo el encordado que da a la calle Bouchard sin que pudiera sujetarse pues sus manos habían perdido toda su fuerza. Y mientras el bueno de Víctor Avendaño, el referí –medalla de Oro de los medio pesado en los Juegos Olímpicos del ‘28 en Ámsterdam– llegaba lentamente para separar y recién después comenzar a contar, el Luna se llenó de histeria. Eran las 19.03 y transcurrían los 2 minutos del 9° asalto…

Todos gritaban, todos querían estar en el ring junto a Carlos para reponerlo, para ayudarlo. Briscoe dio el paso atrás tan sorprendido como el público. Jadeante y cansado pareció no animarse a insistir. O reaccionó tarde para hacerlo. En cinco segundos el campeón llegó hasta el cuerpo transpirado de Briscoe y se amarró, mirando el reloj. Se trataba de dos relojes traídos desde Londres en 1948 cuyo giro dentro de una estructura cuadrada de hierro señalaban solo 4 minutos: los 3′ de cada vuelta con la marca bien legible de 1, 2 y 3; y el minuto de descanso que ascendía de 3 a 0 –como si fuera desde las 9 hasta las 12– entre vuelta y vuelta. Esos relojes eran accionados por el time keapper y estaban en lo alto de la Pullman de espaldas a Bouchard y encima de la Tribuna Especial que da a la Avenida Madero. Fue hacia allí donde Monzón miró con desesperación y angustia al recibir el derechazo de Briscoe.

El momento de preocupación: Briscoe acertó y Monzón quedó sentido (Foto: El Grafico/Getty Images)
El momento de preocupación: Briscoe acertó y Monzón quedó sentido (Foto: El Grafico/Getty Images)

El minuto que faltaba para terminar esa maldita novena vuelta sería el más largo, tenso y cruel de toda la pelea. Nadie podría explicarse –por entonces– cómo había ocurrido realmente. Nadie podía creer que un golpe de Briscoe, un negro granítico, ex recogedor de residuos de Filadelfia, quien había adoptado la religión judía en agradecimiento a su manager Sam Peltz que lo rescató de las calles y quien ya había empatado con Monzón en el ‘67, pudiera cambiar el destino del combate. Y aunque ésta es una posibilidad bastante lógica en boxeo, no era “lógica” en esta pelea. Ese golpe –un cross de derecha– lo cambió todo. Absolutamente todo. Cambió lo que Monzón haría desde ese momento en adelante, cambió lo que Briscoe haría desde ese momento en adelante y cambió lo que la gente creía que podría ocurrir desde ese momento en adelante. A Monzón lo obligó a respetar a Bennie, a seguir combatiendo con cierta prudencia. A Briscoe a seguir buscando meter la misma mano, la derecha corta y cruzada. Al público a no confiar tanto, a tener miedo en las butacas –y también frente a los televisores– y a esperar como un alivio la finalización de un match que al principio pareció de definición categórica, después se transformó en incertidumbre y al final se aceptó más en las tarjetas de los jueces que en la cuenta del árbitro.

¿Por qué sucedió esto?, por lo siguiente: durante ocho vueltas Monzón se cansó de pegar a la zona alta sin que Briscoe cayera. Entonces comenzó a ensayar el castigo a la zona abdominal y hepática. Pegándole abajo sería posible detener la dinamica locomotiva de Briscoe. Dicho de otra manera: quitarle piernas, frenarlo y hacer más fácil el remate… En el cumplimiento de tal estrategia, Monzón tiró un gancho de izquierda muy abierto, dejó un pronunciado claro –todo el rostro y todo el torso–, y sobre su mano lanzada recibió en la mandíbula la derecha de Bennie. El golpe fue tan justo y neto que paralizó los centros nerviosos y produjo un estado cerebeloso. Es el momento en que el boxeador pierde momentáneamente el conocimiento y se le produce un terrible vacío.

Antes y después todo había sido de Monzón. Fue un triunfo amplio, claro, contundente.. El fallo de los jurados fue Chaumont: 149-137. Amadeo: 149-143. Albin: 150-139. Yo opiné que la ventaja tras los 15 rounds había sido de 12 puntos. Una pulsadora alemana que habíamos contratado en El Gráfico y que registraba automáticamente los golpes que arrojaba cada boxeador arrojó el siguiente cómputo: Monzón tiró 2.135 golpes: 1597 con la izquierda (la mayoría del punteo en jab) y 538 con la derecha. En el 3° lanzó 105 y en el décimo 178. Fueron las cifras topes. El campeón envió sus puños 47,44 veces por minuto. Bennie Briscoe golpeó o intentó hacerlo en 718 ocasiones. 534 izquierdas y 184 derechas. Su promedio fue de 11,95 golpes por minuto. Teniendo en cuenta los 2.135 envíos de Monzón y los 718 de Briscoe, la proporción da casi tres (2,97) por uno a favor del campeón del mundo. No obstante, el susto había sido mayúsculo. Se había consumado una noche difícil de olvidar.

Después la noche se prolongó en festejo. Y mi inolvidable compañero, el Negro Carlos Marcelo Thiery, la describió así, que maravilla: “En el marco de la puerta de la habitación 801 del Sheraton, rodeado por su familia y sus amigos, Monzón ordena, “Vamos todos a la cantina”. Cinco minutos después a bordo de su Torino Comahue amarillo, el campeón encabeza la caravana de automóviles –donde descolló un Rastrojero de “Escopeta Flet”, la empresa de los hermanos de Carlos– cabalgando alegremente por la Av. Córdoba, subiendo hacia Almagro, Villa Crespo, Palermo, Chacarita. Aquí está la Cantina de David en la esquina de Cordoba y Jorge Newbery (que tampoco ya nos queda). Buen provecho y de pie, va a entrar el campeón mundial. Mueran las sopresattas y los ravioles, viva Monzón: todo el mundo se para y aplaude, lo obliga a levantar las manos, a sonreír, a elegir un rincón neutral para los seiscientos pares de ojos se eviten el permanente trabajo de mimarlo con la mirada. Llega el vino, viene el fiambre, aparecen las milanesas de pollo, surgen por las ventanas los primeros diarios del nuevo dia con fotos de la pelea. ¡Monzón. Monzón. Monzón!”.

Monzón alzando el trofeo de campeón al lado de sus hijos
Monzón alzando el trofeo de campeón al lado de sus hijos

Qué pena tan grande: ese Monzón, austero y familiar; módico y feliz, duró dos años más, hasta 1974. Hasta que se convirtió en el actor de “La Mary” después de noquear a Mantequilla Nápoles en París. Nuevos administradores, Susana, fama, dinero, otros amigos, Mercedes Benz, noche, impunidad… Era tan noble y digno ese primer Monzón… Aquel de la leyenda frente a Briscoe, a quien sigo recordando.

Me ocurrió 15 años después de aquella pelea, tomando mate en un lugar abyecto y propicio para las confesiones como lo es la cárcel. Esa tarde de invierno Monzón me definió en Batan lo que le pasó aquella noche en el Luna. Fue cuando me dijo: “Recibí la piña, no sabía dónde estaba ni quién era; todo empezó a dar vueltas alrededor mío y a gran velocidad; me caía, vi enfrente a dos negros y me agarré de uno de ellos; por suerte era Briscoe, el verdadero…”.

Archivo: Maximiliano Roldán

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