Joan Manuel Serrat, el argentino que nació en Barcelona

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Joan Manuel Serrat en Buenos Aires, durante la conferencia de prensa que brindó antes de iniciar el tramo argentino de su gira de despedida (Foto: Ramiro Souto)

Siempre recuerdo que cuando comenzaba sus actuaciones en su retorno a la Argentina, en el tan ansiado final de la dictadura y de su exilio, Joan Manuel Serrat saludaba al público de forma ingeniosa y creo, nada casual: “Bienvenidos a esta, que es vuestra casa”, decía. Hoy, que está otra vez con nosotros, no puedo no pensar que lo suyo, en esas palabras, era, por sobre todo, pura elegancia. Porque en rigor él sabe que esta, la de nuestro país, es también su casa. Como dice la leyenda: Serrat, habiendo nacido en Barcelona, es argentino.

Joan Manuel Serrat interpreta “Cantares” en vivo, durante la 24° edición del Festival de la canción de Benidorm, en 1983.
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Vino por primera vez en el 69, cuando tenía 25. Había nacido el 27 de diciembre del 43. O sea que en unas semanas, cuando haya concluido en Barcelona El vicio de cantar, su gira mundial de despedida de los escenarios, cumplirá 79. En esas horas de hace más de 50 años ya era una estrella. Y acertaba todo: para el IV Festival de la Canción de Río de Janeiro presentó “Penélope”, una canción con letra suya, inspirada inequívocamente en la historia contada en la clásica La Odisea de Homero, y música de Augusto Algueró, un compositor y arreglista catalán que por entonces estaba casado con la actriz y cantante Carmen Sevilla. Fue justamente para su esposa que Algueró compondría poco después el hit ”Noelia”, que llevó a la notoriedad Nino Bravo. “Penélope”, de hecho, fue la única canción que escribiría con Serrat. Ya por entonces el arreglador del tema fue el también catalán Ricard Miralles, el gran compañero musical de la carrera del Nano, que un año atrás ya había comenzado a colaborar con él.

La canción fue un gran suceso, tanto que aún hoy es un número ganador en su repertorio en vivo e incluso lo siguen pasando las radios cuando se cita a Serrat. No solo ganó el festival en Brasil –y en ese momento un triunfo en grandes festivales como el de San Remo, y en América, el de Río, y el de Viña del Mar, muy importante–, sino que le abrió las puertas grandes de los escenarios y los medios argentinos, y así comenzó el romance de Serrat con el país, donde hizo todo lo que debe hacer quien quiere sentirse en casa y a la vez ganarse con las mejores armas el corazón del público: fue al fútbol y a los caballos, adoró a Troilo y al tango, conoció al dedillo los buenos restaurantes de Buenos Aires, y se hizo de grandes amigos. Era pintón y culto, también simpático y exitoso. Las tenía todas. E ideológicamente se lo veía bien parado, casi en el lugar donde se esperaba que estuviera el muchacho que había llegado a enfrentar al Generalísimo Franco a mitad de los 60 en el sonado caso del festival de Eurovisión, donde había insistido en cantar la canción representante de su país en su idioma natal, el catalán, algo que lógicamente no auspiciaba el dictador español.

En su casa del último tiempo, en Carlos Paz, Córdoba, Rubén Juárez siempre me contaba de las apariciones del joven Serrat en las noches de Caño 14, en el comienzo de los 70, en las que Aníbal Troilo lucía como primera e indiscutida figura. Y de aquella vez que “el gallego” –así le decía Pichuco, cariñosamente– se apareció en Mar del Plata con un Fiat 600 que en un mal momento se paró, por lo cual las estrellas del tango que estaban en la reunión de trasnoche tuvieron que sudar la gota gorda empujando el vehículo del español para que arrancara…

Joan Manuel Serrat interpreta “Mediterráneo” en el programa de televisión “Ay, vida mía” de TVE.

En esos primeros años suyos por el sur, Serrat cantó en Chile cuando Salvador Allende era el presidente y la gran esperanza, y después pasó muchos años sin poder ni querer pisar las calles de ese país cuando gobernó el golpista Pinochet. También estuvo ausente de la Argentina, por decisión propia y porque no le quedaba otra también, cuando gobernaron los militares. Aquí, además de convertirse en habitué del hipódromo como se suponía que debía hacerlo un buen porteño, y de declararse abiertamente amante del tango e hincha de Boca –estos dos últimos, gustos que años después compartiría con su socio Joaquín Sabina–, procuró informarse adecuadamente del proceso político que se vivía.

El flaco pelilargo tenía mucho éxito en los multitudinarios shows de carnavales donde por entonces lo contrataban, en sus restallantes apariciones televisivas en Sábados circulares de Mancera y también en todas las incursiones que realizaba por el interior del país, y además se metía en temas difíciles de la realidad, argentina porque la gente se lo permitía y, es justo reconocerlo, él se había ganado el lugar a fuerza de respeto y pasión. Así fue que llegó a escribir “La montonera”, el tema que sería, por razones nunca del todo explicadas, el más secreto de su enorme obra. “Con esas manos de quererte tanto, pintaba en las paredes Luche y vuelve, manchando de esperanzas y de cantos, las veredas de aquel 69″, empezaba diciendo. Luego seguía: “Con esas manos de enjugar sudores, con esas manos de parir ternura, con esas manos que volvieron la fe en la nueva primavera, bordaba la esperanza montonera”. A quién le dedicó la canción o de quién hablaba es un secreto que Serrat guardó durante años y años, con decisión, bajo siete llaves.

En algún momento, ya en los 90, deslizó que hablaba de Alicia, una amiga cuasi anónima que había conocido en sus primeros días en Buenos Aires, un tiempo en que una buena parte de la juventud argentina soñaba con una patria socialista y seguía con devoción lo que decía Perón desde su exilio en Puerta de Hierro en Madrid, y que finalmente fue asesinada por las fuerzas parapoliciales de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, que había diseñado y dirigía José López Rega, exponente de la ultraderecha del movimiento peronista y ministro de Perón en el tiempo de su último gobierno. De haber sido así, puede explicarse una cierta sensación de traición que exhuma la canción por aquella expulsión de la juventud que el viejo líder ordenó, enojado, en la Plaza de Mayo el 1 de mayo del 74, cuando trató de estúpidos e imberbes a quienes se alineaban, pura esperanza e ilusión, en las filas más juveniles de su movimiento político.

De allí, probablemente, sea la cita del Cantar del Mío Cid, que habla de que la chica habría sido “buen vasallo, si buen señor tuviera”. Por su lado, un periodista francés había deslizado en un libro suyo, La desaparecida de San Juan, que la musa de la canción había sido una modelo muy hermosa llamada Marie Anne Erize Tisseau –que incluso llegó a ser Miss Siete Días y a ser tapa de Gente-, que había sido también una entusiasta militante en la Tendencia Revolucionaria del peronismo, cercana al sacerdote Carlos Mugica, y que había desaparecido en 1976. La joven mujer, argentina y de padres franceses, viajó a Europa en el fin de los 60, y fue allí cuando conoció personalmente a Serrat, con quien incluso habría mantenido un breve romance, y a otras grandes figuras de la música, como Georges Moustaki y Paco de Lucía. Pero Serrat desmintió esa teoría de que la canción hablara de ella. Nunca grabó oficialmente “La montonera” e incluso se negó a autorizar su inclusión en un documental de mediados de los 90, aunque se trataba de una versión endeble grabada en vivo.

Joan Manuel Serrat y Nicolás "Pipo" Mancera, en el popular programa televisivo de los años 60 y 70, "Sábados circulares"
Joan Manuel Serrat y Nicolás “Pipo” Mancera, en el popular programa televisivo de los años 60 y 70, “Sábados circulares”

Serrat volvió a la Argentina a mediados de 1983, meses después de la Guerra de Malvinas y cuando ya se desplomaba la dictadura y con ella caían la censura y el terrible tiempo de las persecusiones, los secuestros y las desapariciones. Su retorno en ese tiempo de ilusión que anunciaba una primavera democrática coronó en cierta forma el período más maravilloso de su romance con el país. En aquellos días lo conocí personalmente gracias a la gestión del periodista, locutor y conductor Miguel Angel Merellano, a quien yo producía en el programa Compromiso que iba por FMR, la frecuencia stereo de Radio Rivadavia, donde era primera figura Juan Alberto Badía y donde también tenían sus espacios Graciela Mancuso y Omar Cerasuolo. Merellano, que había estado exiliado en México, conocía mucho a Serrat desde tiempo atrás, y por lo tanto no le fue difícil cruzarlo en su desembarco de retorno. Fuimos con su flamante LP Cada loco con su tema ya bien escuchado, y a su lado estuve en un almuerzo de viejos amigos que se reencontraban; descuento que Serrat ni lo advirtió, pero yo sí lo recuerdo, claro. Sus memorables actuaciones en el teatro Gran Rex y en el Luna Park, de las que guardo registros en vivo porque FMR transmitió en vivo esos conciertos y contaba con el derecho de grabarlos oficialmente, y luego su aparición en la plaza de los Dos Congresos con acceso gratuito para el público (Serrat canta al pueblo se llamó ese concierto) son parte de una muy bella historia.

En la presidencia había un civil, Raúl Alfonsín, y Serrat era uno de los más fuertes símbolos de la canción inteligente que combinaba el presente, el pasado y el futuro. También se mostraba siempre prolijo, sonriente, seductor, ocurrente. Ya por entonces había dejado de ser representado aquí por el empresario Alfredo Capalbo, el que trajo a Queen al país, y había comenzado a trabajar con Abraham Chiche Aisenberg, histórico manager de sus admirados y queridos Les Luthiers. De Capalbo, se comentó en su momento en círculos cercanos a él, lo separaron diferencias ideológicas. Además, Capalbo se volcó más a su trabajo en el sur americano con Julio Iglesias. Y Serrat se sabía en otro mundo. Con Aisenberg consolidó su acercamiento no solo su gran éxito y su relación con el grupo humorístico musical más importante, el de Rabinovich, Mundstock y compañía, y con sus amigos más entrañables, como Roberto Fontanarrosa, sino también con los más poderosos medios del país, como el diario Clarín, el Canal 13 y Radio Mitre.

Joan Manuel Serrat en Buenos Aires, noviembre de 2022 (Foto: Ramiro Souto)
Joan Manuel Serrat en Buenos Aires, noviembre de 2022 (Foto: Ramiro Souto)

En mitad de los 80 coronó su romance con el Río de La Plata con el disco El sur también existe, que hizo a cuatro manos con el poeta uruguayo Mario Benedetti, y después publicó trabajos con momentos felices como Bienaventurados, Utopía, Nadie es perfecto, Versos en la boca, Sombras de la China e Hijo de la luz y de la sombra, que confirmaron su buen gusto, pero que ya no eran sorpresa como lo habían sido los primeros. Y en un nuevo paso de su astucia para encontrar nuevas fórmulas de suceso, se alió con Joaquín Sabina, un par suyo que había conseguido algo parecido a lo que él en la Argentina: una pertenencia basada en el cariño por este lugar en el mundo y un sorprendente sentido de la oportunidad para estar donde se debía estar. Aunque el punto de encuentro era lógicamente la canción de autor, lo que también incluía al tango, a la esquina, al barrio y a la Bombonera, Sabina venía a ser el costado más rockero del dúo. Por lo tanto, el más díscolo, el más desaliñado, el más guarro. Serrat era el más atildado, el más centrado.

Significativamente, Sabina estableció aquí una relación de hermandad con dioses locales hermosamente imperfectos, como Diego Maradona y Charly García, y Serrat no; de todas formas, los dos funcionaron juntos de maravillas. Tenían para presentar como credenciales, claro, muchas de las más maravillosas canciones que se hayan hecho en español. Serrat ya había comprobado que una alianza así podía ser exitosa con su participación en un espectáculo, una gira y un disco junto con Víctor Manuel, Ana Belén y Miguel Ríos. Entretanto, no se debe obviar que en esos años en cierto modo recientes Serrat confirmó lo que se esperaba de él, sumándose a la carpa blanca de los docentes en la lucha de los guardapolvos en tiempos de menemismo, abrazó a las Madres de Plaza de Mayo –pero no a Hebe de Bonafini, sino a la Línea Fundadora porque Hebe es, claramente, muy desbocada y por lo tanto más maradoniana que sus otras compañeras de lucha– y hasta fue tapa de La Garganta Poderosa. Pero nunca se declaró lejos de quienes en los medios habían virado de los gestos progresistas a cierto conservadurismo. Acaso porque también se iban poniendo grandes, como él, y parece ser que es cierto que con el avance de la edad, alguna gente, lamentablemente mucha, tiende a abandonar las ideas y la rebeldía de la juventud. Serrat no es excepción: a fin de cuentas, es también un ser humano.

En los últimos años, con Sabina al lado, los dos maduros y casi como de vuelta de todo, eligió el paso de comedia para revisitar sus grandes momentos del pasado, y no opuso ninguna resistencia a la idea de aliarse con jóvenes figuras, todas exitosas, eso sí, para hacer duetos con sus más emblemáticas canciones. Incluso también dejó grabado un encuentro con Mercedes Sosa, artista de su generación con quien había estado distanciado años atrás por diferencias políticas.

Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina presentaron shows en conjunto entre 2007 y 2019, período en que editaron tres discos (Foto: web Joaquín Sabina)
Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina presentaron shows en conjunto entre 2007 y 2019, período en que editaron tres discos (Foto: web Joaquín Sabina)

Hoy existe un libro, Serrat en Argentina, que circula en algunas librerías del país. Lo escribió la periodista rosarina Tamara Smerling, compilando con dedicación el medio siglo de relación del artista con el país. Y el Serrat de hoy, a quien se lo puede juzgar eterno, como Borges hablaba de Buenos Aires, está haciendo una gira de despedida. Pasó por Estados Unidos, por varios países de Latinoamérica –puntualmente hoy está aquí– y cerrará el viaje en Barcelona en diciembre. El de la Argentina no es un tramo más del viaje: lo sabe y lo siente. Es que este país, el nuestro, es también el suyo.

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