Ricardo Darín: “Me esperanza ver qué pasa con la gente joven” | El actor y el estreno de “Argentina, 1985”

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Y llegó el momento. Luego de participar en la sección oficial competitiva de la Biennale de Venecia y de presentarse en el Festival de San Sebastián con gran repercusión en la prensa y la audiencia (en el encuentro vasco acaba de ganar el Premio del Público), Argentina, 1985, el nuevo largometraje de Santiago Mitre, llega este jueves a los cines de nuestro país, tres semanas antes de desembarcar en la plataforma Prime Video de Amazon, su principal empresa productora. Lo hará en más de doscientas salas, aunque no serán de la partida las principales cadenas de origen extranjero, peleadas a muerte con la “ventana” de escasas semanas propuesta por el servicio de streaming. 

La exitosa venta anticipada viene confirmando desde hace diez días el interés por el film escrito por el propio Mitre junto a su compañero de aventuras en el guion, Mariano Llinás, y protagonizado por Ricardo Darín y Peter Lanzani en los roles de Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo, respectivamente. La elección, el martes por la noche, de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina como el film que representará al país para competir en la categoría de título internacional en los premios Oscar no hace más avivar el fuego de las expectativas que, como suele ocurrir en estos casos, son enormes.

La historia, a esta altura, es más que conocida. Argentina, 1985 recrea uno de los hechos más relevantes de la vida política en democracia: el Juicio a las Juntas Militares ocurrido poco tiempo después de las elecciones que llevaron a la presidencia a Raúl Alfonsín. Sin embargo, fiel a su costumbre, Mitre no queda atrapado en las reglas del cine de denuncia o en la simple reconstrucción de rasgos documentales, adoptando en cambio algunas directivas del thriller político y el film de juicios, géneros clásicos del cine estadounidense que han sido absorbidos y adaptados por diversas cinematografías a lo largo de la historia para sus propios intereses creativos. 

En ese sentido, la versión del fiscal Strassera representada por Darín –sin duda, uno de los grandes papeles en toda su extensa carrera– combina aspectos de la persona de carne y hueso con elementos delineados por la dupla Mitre-Llinás a la hora de construir un tipo particular de héroe cinematográfico: aquel al que la historia con mayúscula lo empuja a tomar un lugar que, a priori, no parece dispuesto a ocupar. Combinando el drama histórico y personal con un sentido del humor que le sienta siempre bien, el relato describe la lucha de Strassera y Moreno Ocampo, junto a un grupo de jóvenes asistentes, durante la ardua faena de recopilar casos y sumar a aquellos testigos dispuestos a relatar las terribles experiencias vividas en carne propia. El único camino legal disponible para demostrar que los secuestros, torturas y muertes acontecidas durante los años de la dictadura formaban parte de un esquema muy aceitado de horrores y no habían sido simples excepciones a la regla. “Excesos”, en la jerga utilizada por la defensa de la ex cúpula militar.

“Siempre tuvimos en claro que la idea no era hacer una imitación de Strassera, un retrato fiel, de esos que son a rajacincha, copiando absolutamente todo. Nos parecía innecesario, porque lo más importante no deja de ser el evento en sí mismo”. En conversación con Página/12, pocos días después de haber regresado de San Sebastián, en pleno agite de prensa antes del estreno y con la novedad de la elección del film para representar al país en los Oscar, Ricardo Darín reflexiona sobre la construcción del Strassera de ficción, criatura independiente a pesar de estar basada en una persona real. “No estábamos detrás de la descripción del personaje con puntos y señales. Eso sí, rescatamos de Strassera algunas cosas que nos parecieron interesantes, como su sentido del humor, ácido y áspero, su forma de manejarse y de relacionarse con los demás. En el camino nos fuimos enterando de cómo se llevaba con los integrantes del grupo de la fiscalía. Tuve la suerte de cruzarme con gente que trabajó con él, que lo conoció en profundidad, y todo eso alimentó varias de las cuestiones que ya habíamos decidido. El concepto central fue buscar un punto intermedio en el cual el personaje fuera funcional a la historia sin devorar el resto, porque se trataba de describir un espacio y un tiempo, la construcción de ese equipo de trabajo que intentó y logró llevar el juicio adelante. En términos de guion, tanto Santiago como Mariano tuvieron la lucidez de aportarle aspectos muy humanos al relato, y eso hace que todo sea más cercano y no desde el bronce. La historia tiene las características y las contradicciones inherentes a los seres humanos”.

-¿Cómo fue el trabajo junto a Peter Lanzani? La dinámica entre ambos personajes es muy importante, y cualquier desequilibrio hubiera amenazado con destruir una parte de esa química.

-Se dio con mucha naturalidad y no tuvimos ningún tipo de escollo en ese sentido. Por el contrario, Peter es un chico genial. Muy buena persona y un profesional enfocado, muy interesado en hacer las cosas bien, dueño de una mentalidad abierta. Fue un placer el laburo codo a codo, más aún de la mano de Santiago Mitre. Hay que tener en cuenta que rodamos en pandemia, con todo lo que implicaban los obstáculos de los protocolos sanitarios; los hisopados diarios, toda una cosa muy engorrosa que afortunadamente ya pasamos y ahora parece casi un cuento. Pero la verdad es que en ese momento fue muy raro. Pero a veces las adversidades hacen que uno se vincule más con los colegas, y en este caso Santiago manejó muy bien las cosas: nos dirigió muy bien, nos contuvo, nos dio libertades, estuvo muy atento a posibles variaciones. Y con Peter, honestamente, una de las cosas que más me emociona es haber podido hacer un arco de relación, no sólo entre los personajes sino entre él y yo en lo personal. Al final de la película parecemos padre e hijo, y eso se dio naturalmente.

-El personaje de presidente en La cordillera, tu primer trabajo junto a Mitre, era muy distinto. ¿Ayudó sin embargo esa relación previa a la hora de encarar el rol de Strassera?

-Lo que siempre ayuda mucho es la confianza en el director. Yo sé que Santiago tiene un ojo muy entrenado; él sabe qué quiere y qué no quiere, y eso facilita muchísimo las cosas. Vos podés tirar al bulto y ver si embocás, pero él sabe de inmediato si eso que estás probando funciona o no. Eso va estableciendo un diseño. Porque cuando empezás un rodaje, la primera semana de filmación, no estás a cargo del eje del personaje, estás probando. Con el correr de las semanas te vas aproximando, ajustando, te vas rehaciendo y reciclando. Buscando caminos. Esto no suele decirse, lo que se dice es que ya tenés estudiado al personaje de principio a fin. Pero no es cierto: siempre estás viendo, probando, aplicando cosas. A mí me ayudó mucho encontrarme con gente que conoció a Strassera. Todo eso fue nutriendo una fantasía que me estaba creando alrededor del personaje. Un hombre campechano, simple, con un humor muy especial, que tenía buen trato con la gente pero que de pronto podía tener un revire. Por algo le decían “el loco”. Pero todos lo querían mucho.

-¿Usás mucho la improvisación en el rodaje? Tengo entendido que no…

-Bueno, me ha tocado hacerlo y lo he hecho. No sé de dónde te llegó eso (risas). Pero no soy muy del método, si te referís a eso. Cuando tengo un buen texto, un buen guion, y estoy asociado a un director con el que tengo confianza, voy con mucha fe al encuentro del rodaje. Y allí surgen cosas que por ahí no estaban planeadas. Hay que estar atento porque ahí podés variar, modificar, ir de a un lado al otro. En el caso de Argentina, 1985 teníamos un guion muy férreo. Tenías que ser muy bestia para tirar la pelota a la platea.

-Circula una anécdota de filmación que afirma que un viejo conocido de Strassera te comentó algo sobre tu apariencia física. Que no eras demasiado parecido.

-Sí, fue un tipo que había ido al colegio con Strassera. Yo estaba vestido como el personaje y él estaba con la mujer en la calle, yendo de un lado al otro en las inmediaciones del Palacio de Justicia. Me paró, me contó que había sido su compañero y vecino, que lo conocía en profundidad. Y ahí fue que me dijo que no me parecía en nada a Strassera, pero que estaba igual. Eso me gustó porque fue una descripción medio criolla para decir “te creo” como personaje.

-¿Cómo recordás el momento del juicio? En la película hay varias escenas que describen directa e indirectamente el hecho de que mucha gente se estaba enterando de la dimensión real del horror.

-Lo que recuerdo es que había mucha gente que no estaba al tanto, al menos no fehacientemente. Tenían una sensación térmica de que algo estaba muy mal, pero si hay algo de lo cual se encargó específicamente el terrorismo de Estado fue el hecho de cortar las comunicaciones entre los seres humanos. Fue lo primero que hicieron. Recuerdo perfectamente las disposiciones de que a las diez de la noche no podía haber más de cuatro personas reunidas en una esquina o en un café. Enseguida te dabas cuenta de que lo que pretendían era cortar la comunicación. No nos tenemos que olvidar del contexto: esto ocurrió hace cuarenta años, cuando las comunicaciones eran otras. No existía la inmediatez de hoy, que sabés en el acto lo que le está pasando a un tipo en Egipto, en el momento en el que le está pasando. Había mucho delay en esa época. El juicio fue llevado a cabo un poco a espaldas de la sociedad. No se transmitió por televisión; sólo se pasaban unos compilados de imágenes pero sin audio. Creo que lo que pasó en ese momento –al menos es mi sensación, a partir de mis recuerdos– es que al principio se dio algo cercano al estupor. Veníamos de la ebullición de la recuperación de la democracia, una felicidad fraternal, todos abrazados, y eso comenzó a deshilacharse en poco tiempo por los obstáculos que fue encontrando el gobierno. Los económicos, los políticos, los sociales. Y ahí surgió el impacto en la comunidad cuando se anunció que se iba a llevar adelante el juicio. Mucho estupor y también escepticismo, porque todos sabíamos que tanto las fuerzas armadas como sus representantes civiles seguían conservando poder. Poder real. Pero con los meses empezó a verse que el juicio seguía su curso y la sociedad comenzó a desayunarse, si lo podemos llamar de esa manera, con una contundencia mayor. Se vislumbró lo que podía llegar a ocurrir con los responsables máximos. Pero no fue una única etapa, sino varias.

-El último tercio de la película recrea varios momentos importantes del juicio. ¿Estudiaste las grabaciones de la televisión pública, que todos los días registraba en su totalidad la actividad en el recinto?

-Sí, por supuesto. Eso y muchas otras cosas que se investigaron antes, durante e incluso después del rodaje. Un detalle que puede parecer menor, pero creo que es destacable, es el hecho de que se hablaba de otra forma. Es increíble. Uno no se da cuenta de inmediato, pero cuando tomás cierta distancia te das cuenta de que se hablaba de manera diferente. Una forma más catedrática, aislada. Una cosa rarísima. Me refiero a los términos judiciales.

-¿Cuáles son tus expectativas en el futuro inmediato? La nominación a los premios Oscar suele exacerbar las pasiones cinematográficas como si se tratara de un Mundial de fútbol.

-La verdad es que trato de mantenerme al margen de todo eso, porque genera mucha ansiedad. La gente se pone un poco loca y nos agarra, como bien dijiste, esa cosa de vibración mundialista. No me gusta subirme a eso. Sí tengo mucha expectativa respecto de lo que va a ser el estreno acá, en Argentina. Respecto del futuro, del camino que pueda ir encontrando la película, eso se irá viendo. No estar tan pendiente de la carrera por los premios es también una forma de protegerme, porque veo lo que le pasa a la gente con esas cosas. Estoy muy esperanzado, la verdad, con ver qué le pasa a la gente joven, quienes no vivieron ese evento tan importante. Ya estoy empezando a recibir devoluciones de los más chicos gracias a la exhibición en festivales. Creo que es una película que, más allá de hablar de un evento real muy contundente y fuerte, está plagada de humanidad y reflexión. Y en ese camino se ponen sobre la mesa cosas muy importantes como la ética, el coraje, la memoria, la justicia, la verdad.

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