La increíble historia del oriundo de Lanús que trabajó en Qatar y juró que no volvería, pero que con el Mundial se arrepintió y hoy vive un presente de lujo

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“No sé cómo pasó”, dice Max Ortíz, y se ríe al escuchar la contundencia de su propia respuesta que tiene una porción de picardía y generosas piscas de verdad, todo sobre la base de una gran historia de vida.

La pregunta había sido qué había pasado desde aquel día de 2002 cuando lo tomaron como camarero en un hotel de Buenos Aires (”no sabía ni agarrar la bandeja”) hasta hoy, que es head sommelier de L’Artisan, uno de los restaurantes de la lujosa torre Raffles Doha, propiedad de Tamim bin Hamad Al Thani, el Emir de Qatar.

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De camarero en Buenos Aires a head sommelier en Qatar

Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar.

Por ella

A cada paso las personas están ante el momento más importante de sus vidas (cada día, todo el tiempo) y se trata de la decisión que tomen, cualquiera sea, para lo que sea que deban (o quieran) hacer. Son estos instantes los que definen sus historias.

Max Ortíz tomó las suyas, algunas buenas, otras no tanto, pero con total claridad sobre la mejor decisión que tomó: “Un día me di cuenta de que no hace falta sobresalir, sino hacer las cosas bien. Yo no quiero ser el mejor sommelier de la Argentina ni ganar concursos ni romper récords (todo eso le ocurrió), no. Yo quiero trabajar y que las cosas salgan bien porque mi objetivo en la vida es reunirme con mi hija. Quiero hacer todo lo que pueda hacer para que cuando llegue ese momento no tenga que trabajar para nadie y solo tenga que decidir cómo vamos a disfrutar el tiempo”.

Melanie, la luz de los ojos claros de Max, tiene 12 años y vive en Buenos Aires con su mamá. Y aunque ellos estén separados hace 11 años, la buena relación que construyen a diario hace que, por ejemplo, la adolescente le pregunte a su mamá si puede salir sola con sus amigas y ella le responda que su papá tiene que tomar parte en esta decisión. Cuando cuenta esto, a Max se le llenan los ojos de lágrimas: “Y cuando estas cosas pasan hacemos una videollamada y charlamos entre los tres, ellas allá y yo acá, a miles de kilómetros”, remarca.

Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. En esta imagen junto a su hija, Melanie.
Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. En esta imagen junto a su hija, Melanie.

Max Ortíz

Max Ortíz tiene 40 años y nació en Parque Patricios, pero su barrio es Lanús porque allí se crió pese a que más tarde vivió varios años en Caballito. Trabaja desde que tiene 14 años, aquel tiempo rocoso de su vida en el que se fue de su casa familiar, por lo que tuvo que crecer de golpe.

¿Qué hice? De todo. Fui pintor, obrero, trabajé en un lavadero de autos, en una veterinaria, vendí libros, fui promotor de una línea aérea y también fui RRPP del Golden, hasta que el hermano de un amigo mío que trabajaba de mesero en eventos me dijo que mandara mis referencias a una reclutadora de personal, me llamaron para una entrevista de trabajo y a los 20 empecé a trabajar en el Hotel Alvear. Empecé como camarero y aunque yo no sabía ni agarrar una bandeja dije ‘bueno, esto está bien’”.

Sobre aquel momento, Max recordó: “Yo me había ido de mi casa, andaba en una época rara de mi vida. Trabajaba entre 16 y 20 horas por día, dormía en el hotel, que era como mi casa, y me cambiaba dos o tres veces el uniforme. A pesar de que hacía cagadas, también sabía que a las 6 de la mañana tenía que estar ahí y siempre, pero siempre -remarca-, estuve a la hora que tenía que estar y bañado, perfumado, con el uniforme planchado. No falté nunca en más de tres años porque yo sabía que la constancia es una de las claves.

Aquel conocimiento del que Max adolescía lo empataba con la viveza. “Me molestaba no saber, entonces vivía atento y prestaba atención al que sabía. Si encima el que sabía me quería contar cómo era, si me explicaba, mucho mejor, porque yo siempre tuve facilidad para aprender. Así fue que siempre me adelantaba a las cosas. Adonde iba yo aprendía algo porque veía todo, observaba, escuchaba”, destaca.

La riqueza de un trotamundos

De la vida, Max aprendió a relacionarse, a escuchar, a tomar del otro el conocimiento y perfeccionarlo. Y de sus decisiones de vida aprendió el oficio que hoy lo tiene en un lugar muy alto. Vivió en seis países (Nueva Zelanda, Chile, Uruguay, México, Italia y Qatar) y habla cuatro idiomas: inglés, italiano y francés, además del español (y ahora se le anima un poco al árabe). El conocimiento y la avidez por ser cada vez mejor son su tesoro.

“Muchos chicos me escriben para saber qué o cómo lo hice y me dicen que quieren vender vinos de miles de dólares porque creen que eso es lo que yo hago y no, eso es lo último. Yo nunca me propuse hacer esto, lo aprendí hace un par de años cuando de Buenos Aires me fui a Uruguay a trabajar por tres meses para una familia muy rica de Noruega y terminé quedándome por cinco años. Aprendí todo a la fuerza, a los golpes, y me di cuenta que no hace falta sobresalir, sino hacer las cosas bien”.

“La cava de L’Artisan que está a mi cargo tiene un valor aproximado de 50 millones de dólares y la gente me dice ‘wow, quiero estar ahí y vender vinos como vos’. Yo me río y nunca dejo de pensar en todo el procedimiento que hay antes de eso”, cuenta Max, quien elige el Petrus Pomerol como “la joya del lugar”, un vino de aproximadamente 40 mil dólares por botella.

Petrus, un vino cuya botella cuesta 40 mil dólares.
Petrus, un vino cuya botella cuesta 40 mil dólares.

Del desconcierto a la cima

Fue en noviembre de 2020 cuando Max estaba en la Argentina, acuciado porque su oficio de sommelier era, como tantos, víctima de la pandemia. Locales cerrados, cavas fuera de funcionamiento, no había salida en el horizonte. “Ahí me desesperé, yo tenía un amigo en México que se iba a casar en mayo y me había invitado, lo llamé y le dije que quería ir ya”.

“Y me fui a México sin trabajo y sin contrato, a ver qué pasaba. Me fui en noviembre de 2020, en medio de la pandemia. A mí en Buenos Aires me estaba yendo bien, yo vendía vinos, pero sentía que eso se iba a terminar, que yo tenía que anticiparme a otra cosa. Entonces me fui sin nada y a las dos semanas conseguí trabajo en Los Cabos, un lugar increíble”, destacó.

Aquel fue el gran salto de Max, quien se convirtió en el sommelier del Baja Med & Sunset Monalisa, uno de los restaurantes más icónicos de Los Cabos donde, entre otras cosas, batió récords de ventas y de maridajes, y donde fue mundialmente reconocido.

Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. En esta imagen, durante su etapa como sommelier de Sunset Monalisa, uno de los restaurantes más icónicos de Los Cabos, México.
Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. En esta imagen, durante su etapa como sommelier de Sunset Monalisa, uno de los restaurantes más icónicos de Los Cabos, México.

Qatar, el país al que juró que no volvería y donde hoy atiende al Emir

Max estaba trabajando en Los Cabos y había encontrado allí su lugar en el mundo. “Estábamos haciendo un trabajo espectacular y todo iba bien hasta que un día el director del lugar (el mixólogo italiano Tiziano Tasso) me dijo ‘che, Max, creo que ya cumplí mi tiempo acá, ya hice todo, me voy a trabajar a Qatar’. Yo creí que era joda, pero no, me dijo que por fin tendría la posibilidad de hacer lo que siempre había querido, que era dirigir un lugar grande. Entonces le dije que bueno, que si era lo que deseaba estaba bien. El tema es que me dijo: ‘Y vos te venís conmigo’. Imaginate, yo no sabía qué decirle. Al mes y medio me llamaron, después tuve una entrevista y bueno, trabajé durante un año acá. La experiencia fue increíble pero juré que no iba a volver”.

Vivir en Qatar hace 10 años fue una dura experiencia para Max. “Esto que ves acá hoy y que te impresiona, hace 10 años no existía. Y no te hablo del hotel, te hablo de Lusail, la ciudad. No había bus, no había metro, en la calle había dos tipos de policía, la normal y la religiosa que, por ejemplo, te podía deportar en el momento principalmente por el tema de las demostraciones de afecto en público. Cuando vine hicimos lo que teníamos que hacer, abrimos un hotel chiquitito que todavía existe, se llama Subara, pasé un año en el que dije ¿qué estoy haciendo acá?, tenía que pedir permiso para todo y y no la pasé bien”.

Lo cierto es que el destino volvió a ponerle a Qatar frente a sus ojos y aunque Max no quería ni verlo, ocurrió el Mundial. “Cuando aparece de nuevo la posibilidad de trabajar acá yo sabía que no quería venir pero también que si decía que no y me perdía la posibilidad de ver a la Selección en la Copa del Mundo, me iba a arrepentir. Entonces dije que sí por eso y bueno, estoy viviendo un sueño. Trabajo de lo que me gusta, en un rol importante, y voy a la cancha a ver a la Argentina cada vez que juega”, dice con emoción.

Max dijo que sí, volvió a Qatar y se encontró con un país que lo sorprendió. “En 10 años el país hizo un cambio rotundo. El transporte público es impresionante, la tranquilidad con la que se vive te permire no estar en estado de alerta permanente y poner toda tu energía en lo que tenés o querés hacer. Acá no hay inflación, la gente no tiene problemas económicos o no le pasa que no llega a fin de mes. Acá vos sabés que si hacés las cosas bien, te va bien, y si hacés las cosas mal, tenés consecuencias”.

Max Ortíz, con el auto que siempre soñó tener.
Max Ortíz, con el auto que siempre soñó tener.

Sommelier en el hotel del Emir

“Muchas veces pasa que nos llaman y avisan que está viniendo Tamim bin Hamad Al Thani, que es el Emir de Qatar, la máxima autoridad del país. Este edificio, en definitiva, es de él. Katara Towers es un complejo de dos torres que arquitectónicamente se destaca por su forma de medialuna. Una se llama Fairmont, que en este momento es exclusivo para personal de la FIFA y Raffles Lusail, que es donde estamos nosotros”, explicó Max, sommelier de L’Artisane, uno de los restaurantes del lugar, quien agregó: “Yo estoy a cargo de esta torre y de este restaurante”.

El sommelier argentino que atiende al Emir de Qatar cuenta que “es increíble porque es un tipo normal”. “Para la gente de acá es una deidad al punto de que, por ejemplo, cuando viene, los comensales que están en otras meses se levantan y se van en señal de respeto. Por supuesto que sabe que soy argentino, conoce mi nombre y el de muchos de los que trabajamos acá, y obviamente que hay un respeto absoluto a su figura y a la de su esposa. Es muy amable, se interesa por cómo se hacen las cosas y se involucra”, dice.

Sobre cómo es el trabajo cuando de atender al Emir se trata, Max Ortíz comentó: “Hay que saber protocolo, por supuesto. Lo que hay que hacer o lo que no, como no gesticular demasiado. Se sabe que con la mujer uno no puede pretender tener un trato directo, que por la mañana toman té o café y que cuando quieren más hacen un movimiento particular con la taza o levantan el dedo… Son pequeñas cosas que hay que saber para dar la atención que corresponde”, dice, y apunta que “son experiencias únicas que me nutren constantemente”.

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Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. En la imagen, con la camiseta de la Seleccíón y sobre un mural del Jeque Jalifa bin Hamad Al Thani, padre del Emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani.
Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. En la imagen, con la camiseta de la Seleccíón y sobre un mural del Jeque Jalifa bin Hamad Al Thani, padre del Emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani.

Cumplir sueños

Cuando Max Ortíz se fue de la Argentina sabía que haría lo posible por forjar su porvenir para que, llegado el momento, pudiera reunirse con su hija y no tener que pensar en otra cosa más que en disfrutar el tiempo con ella. “Yo no soy ejemplo de nada pero, si pudiera elegir, cambio todo lo que gané por estar con mi hija. Mietras tanto he cumplido muchos sueños, como el de ir a la Universidad a los 33 años, recibirme en Administración de Empresas y aplicar en mi trabajo todo lo que aprendí”.

Su trabajo, sabe, es el trampolín hacia su máximo objetivo. Y mientras tanto, allí da lo mejor y exige en la misma medida. “No tengo punto medio, la verdad. Tengo mi carácter (muchas veces de mierda, reconoce) y el director de este lugar sabe que si viene y me dice algo que yo sé que no está bien, se lo discuto a muerte porque yo sé lo que tengo que hacer y se lo explico con fundamentos a partir de mi conocimiento. Lo que a mí me trajo hasta acá es intentar hacer las cosas bien todo el tiempo y eso es lo que intento”.

Max Ortíz lleva a cabo una tarea de orfebre. Es el head sommelier de uno de los restaurantes mejor valorados de Qatar que cuenta con un laboratorio especializado en crear sofisticadas bebidas que él cata para dar el toque definitivo. “Esto que estamos haciendo acá, en este restaurante que tiene un chef francés, un mixólogo italiano y un laboratorio, la cava de la que estoy a cargo y un laboratorio de bebidas que no vas a encontrar en otro lugar, es un primer paso y se puede llevar a otro nivel. Nosotros tenemos un servicio que pretende hacer contacto con sus clientes desde la transmisión del conocimiento. Les explicamos qué comen, por qué se hizo así, les sugerimos cómo comerlo o tomarlo para entender que ese sabor tiene un proceso muy cuidado y que eso sea parte de la experiencia”.

Por todo lo que viviste y por el servicio personal y refinado que brindás en tu restaurante, ¿hay algo en el sentido de agasajar que tenga un significado filosófico en tu vida?

-Ufff, sí. Llega un momento en que te tenés que decir a vos mismo ‘esto es lo que soy y esto es lo que hago’. Si no te lo decís, no lo podés llevar a cabo ni disfrutar. Esto de querer dar siempre un paso más tiene que ver con todo lo que me pasó en la vida, con todo lo que hice. Si a mí me ponían acá hace 10 años, capaz que no estaba preparado, pero hoy sí. Hoy sé dónde estoy y que puedo hacer más, pero también que mi forma de ser es lo que me permite ser feliz, viajar, nutrirme, querer aprender. Sé que puedo vivir todo eso gracias a lo que hago y a cómo lo hago.

Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. De fondo, el Katara Tower, el complejo en forma de medialuna ubicado en Lusail que se divide en dos torres: Fairmont y Raffles. En esta última, él es el encargado.
Max Ortíz, el sommelier argentino que trabaja en el restaurante del Emir de Qatar. De fondo, el Katara Tower, el complejo en forma de medialuna ubicado en Lusail que se divide en dos torres: Fairmont y Raffles. En esta última, él es el encargado.

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