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Kiss y su gracias totales: una megafiesta de disfraces

Venimos para hacerle una caricia al nene que todavía creemos llevar adentro, pero una broma del destino nos hace darnos cuenta de que Kiss hace un espectáculo algo cursi con un maestro de ceremonias al que –lamentablemente- se le entiende todo lo que dice, y es capaz de nombrar la ciudad de Buenos Aires más veces que Cacho Castaña en toda su vida.

Algún milagro de la cuántica hizo que en la elocuencia de Paul Stanley se concentre toda la demagogia del rock.

Pero Kiss dio un verdadero espectáculo. Pensábamos poner: “qué bueno es el reemplazante de Gato” o “qué bueno el reemplazante de Extraterrestre”. Es más, tan eficientes son que deberíamos saber sus nombres, y sin embargo hay una extraña resistencia, ustedes sepan disculpar, que nos impide avanzar con la información:


Kiss en vivo en el Campo de Polo. Foto: Martin Bonetto.

Los “kisseros” de vieja escuela, no todos, suelen ser así de resentidos e impertinentes y les gusta pensar que son ellos los originales, y que por algo se pintan igual. Seguramente Paul y Gene Simmons quieran que creamos exactamente eso.

Un periodista de rock nos dice: “El casting de estos muchachos –tampoco sabía los nombres- fue impecable”. Cierto, el doble de Gato canta mejor que Gene Simmons y encima se lo verá digno y superado al piano cuando hace orgullosamente su propia interpretación de Beth.

Igual que Miranda!, Kiss de a poco se fue trasformando en el dúo de Stanley y Simmons. Aun así, estos dos cretinos lograron que su marca fuera la mejor banda en vivo del mundo, insinuando, desde un comienzo, que el rock es una materia saludable que le permite a unos bufones entusiastas atravesar su séptima década en estado de gira planetaria.

No hay que tomar las cosas tan en serio

Kiss en vivo en el Campo de Polo. Foto: Martin Bonetto.

Kiss en vivo en el Campo de Polo. Foto: Martin Bonetto.

Kiss es la demostración acabada de que las cosas no hay que tomárselas tan en serio (¡Nada de andar muriéndose de rock, Kurt Cobain!).

Que esta música tildada de “rebelde”, ya veterana y originalmente machirula, va teniendo peso específico en los museos y que a la larga, el rock resulta ideal para arrugarse como lo hacen ellos, enteritos arriba de un escenario, probando coreografías espásticas, llenando estadios, forrándose de guita y cantando -¡durante casi 50 años!- un puñado de canciones que no intentan ser más de lo que son.

Stanley y Simmons, “Estrella diabólica” y “Vampiro”. Ochentosa denominación. De la distancia que nos proponen a los privilegiados del sector VIP, se los puede ver exactamente igual que en 1975.

Kiss eligió un repertorio de su propia música clásica para la despedida. Un gracias totales con Detroit rock city, Love Gun, Beth, pero además I Was Made For Loving You, Rock and Roll All Nite, Cold Gin, Dr. Love, Love Gun, Black Diamond, y otras canciones que no abandonaban nuestros tocadiscos.

Resulta encantador que se retiren. Había que estar porque somos gente agradecida a la que se le informa que una queridísima banda de rock se despide para nunca más volver. Sería desleal de nuestra que, comunicando semejante acontecimiento, se nos encuentre ausentes sin aviso.

Hermosas sus credenciales insistentes y poco evolutivas, con decenas de himnos sexuales y temas para nada enrollados, hechos sobre la base de expresiones que rara vez escapan a la lógica de “me gusta el rock”.

Los fans de Kiss, un show aparte. Foto: Martin Bonetto.

Los fans de Kiss, un show aparte. Foto: Martin Bonetto.

Fans incondicionales

El escenario es un videojuego lleno de luces y explosiones que nos provocaban un sobresalto tras otro como en una scary movie de buena calidad. Y el público de rock, ahhh…, un encanto que viene del siglo pasado y debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad. Gente que te firma un cheque en blanco y prefiere ver la misma función mil veces.

Una familia kissera en el Campo de Polo viendo a Kiss. Foto: Martin Bonetto.

Una familia kissera en el Campo de Polo viendo a Kiss. Foto: Martin Bonetto.

Pero la ternura de esta multitud en el Campo de Polo (50 mil personas) no tiene nombre: mucho “kissero” pintado más de Simmons que de Stanley, padres con hijos, más hombres que mujeres, más señoras que chicas adolescentes, todos esperando formar parte de una megafiesta de disfraces.

Kiss en vivo en el Campo de Polo. Foto: Martin Bonetto.

Kiss en vivo en el Campo de Polo. Foto: Martin Bonetto.

El rock era música de pibes, cuando ellos eran pibes: ahora es solo música donde sobran exponentes que feliz y naturalmente morirán de viejos como Hilda Bernard.

Somos de la época en que la formación de Kiss salía de memoria y debíamos hacernos cargo de que nos gustaba un grupo cuestionado, entre otras cosas, por la SS escrita en imprenta nazi. De los tiempos en que se mencionaba a la primera guitarra en un inglés aproximado: “Eis Fresley”.

Suponemos que hasta ahí, el grupo fue importante. Antes de la partida de Peter Criss y el propio Frehley, se esperaban las ediciones de sus discos en vinilo o casete, importados o nacionales, o se copiaban los temas en un TDK. Más tarde, promediando los ‘90, el propio grupo le rindió homenaje al Gran Grupo que supo ser armando un Unplugged de MTV con los integrantes originales, y volviendo a convertirse en el número vivo más caro del planeta.

Kiss está dejando de existir

Kiss en vivo en el Campo de Polo. Foto: Martin Bonetto.

Kiss en vivo en el Campo de Polo. Foto: Martin Bonetto.

Formalmente, Kiss está dejando de existir esta noche de sábado con un volumen algo bajo, que de a ratos no llegó a satisfacer a todos los presentes. Pero en los lejanos ‘80 ya había dejado de ser una banda de rock para transformarse en una industria de entretenimiento, curiosamente apta para todo público.

Coquetearon con despintarse (Unmasked, 1980), después se despintaron, empezaron a perder efervescencia al compás de la moda, llegaron a las discotecas con I Was Made For Loving You y la cagaron mal grabando un disco conceptual que terminó siendo el mayor fracaso de su carrera, Music From The Elder, de 1981. Nadie nunca jamás imaginó a los Kiss identificándose con Pink Floyd.

Cambio de integrantes tolerable hasta Eric Carr. Elecciones estéticas que rozaron la música disco. Ver que Paul Stanley sin maquillaje era igualito a Osvaldo Laport. Demasiado.

En los ‘80 –pregunten-, existían solo dos bandas populares en la Argentina: Kiss y Queen. Por alguna curiosa razón, competían y vos era de uno o eras del otro. Epocas sin política partidaria donde la grieta se saldaba entre Almendra-Manal, Beatles-Stones o Piazzolla-Troilo. Kiss y Queen también fueron funcionales la mecha corta de la dicotomía.

Un show tradicional

El recital de esta noche suena elemental y paisajístico. Un show tan tradicional en sus artimañas, que de a ratos nos pone nerviosos. Kiss siempre tiene una buena razón para que algo explote mientras Simmons -y su erecta línea de bajo- divierte a la gente sacando la fenomenal lengua sin frenillo de 17 centímetros.

Más rayos y centellas cuando está por cantar God of Thunder. De eso trata el adiós que terminarán autospoileando con la festiva Rock and roll all Nite.

Así trascurren las dos horas de show. Stanley mueve sus caderas (sometidas a cirugía) y en un rato nos sobrevuela desde una tirolesa con sus zapatones fulgurantes cual esferas de cristal. Pensás con aire melancólico: ¿termina esta gira y no más estrella pintada sobre el ojo derecho?

Párrafo aparte para él: si algo no se discute es la voz de Stanley. Por él -no por Simmons-, por la voz del segundo Paul más importante del rock, Kiss tuvo su rivalidad local ni más ni menos que con Freddie Mercury. Lo entendemos ahora al verlo cantar y hablar con esa estridencia tan particular, entre épica, vecinal y despótica.

La música de Kiss es la misma historia de siempre. Con la oreja de Van Gogh alcanza y sobra. Mejor enfocarse en ver, en mirar el pasatiempo de masas que debe haber inspirado al creador del Cirque du Soleil. Si hay una banda que entendió que el rock es actitudinal, perceptivo y físico, esa banda fue Kiss. Una experiencia primitiva sin cuestionamiento alguno.

“¡Mira cómo toca…!”, se oye sobre el cierre. Claro, hay que mirar porque lo que se acaba es mucho más que un recital, es otro pavoroso bye-bye a la niñez perdida.

MFB

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